lunes 2 de junio de 2008

Diego Vaya: El libro del viento

Diego Vaya (Sevilla, 1980) ha sido merecedor de un accésit del premio Adonais 2007 por su obra El libro del viento. Me recomendó su lectura Manolo Arana y no pude resistirme. Días más tarde Tomás le dedicó unas líneas en su Trópico de la Mancha y allí dejé dicho que también yo haría mi particular reseña. Lo prometido es deuda.
El libro se divide en un índice y cinco partes. El índice se inicia con un poema en versos blancos (endecasílabos, alejandrinos, heptasílabos y combinaciones de los anteriores), que será común en el resto de la obra y que demuestra una notable habilidad métrica. En este pórtico el poeta, en un tú autorreflexivo, inicia un diálogo consigo mismo: "Aquí te encuentras [...] con lo propio del mundo y lo ajeno de tu vida". Un tono pesimista envuelve los dos primeros poemas, que dejan ver los azares "de quien vive, aunque solo lo sepa por su sueldo". Pero de este índice me quedo con los tres versos finales del tercer poema, dedicados a Lidia:
o el agua que convierte en vino la tristeza
o la tierra que ofrece y acoge lo que somos serías
si no lo fueses todo.
El amor recorre los poemas de la primera parte del libro; el poeta lo busca ("mendicante") y aparecen ciertos versos celebrativos, en los que incluso el dolor presente se observa desde el futuro: "Pronto / verás que nada dura para siempre. / Como al mirar mi cicatriz recuerdo / aquella herida abierta y no el dolor". El poema XII, penúltimo de esta parte, presenta tintes más pesimistas, que recuerdan a Manuel Machado:
Que los días me traigan lo que quieran
y que después el viento se lo lleve.
Todo cuanto esperaba ya no importa.
Se cierra esta parte con una recreación del carpe díem, en unos versos que recuerdan a Catulo:
Libres de incertidumbres y de miedos
vivámonos y amémonos
en esta luz tan breve que habitamos.
en el que, tal vez, observamos demasiada sumisión al tópico, sin el necesario tour de force deseable en estos casos.
A partir de la segunda parte el libro gana en intensidad. El tema del paso del tiempo sigue estando presente y, frente a él, el deseo de permanencia, "este querernos de la misma forma / aunque el tiempo se empeñe / en ir cambiando nuestro solo ser".
La tercera parte constata la fragilidad del ser humano ("Basta que el viento sople / para que cobren forma nuestros miedos / al calor de esta dicha tan precaria"), sometido a fuerzas ingobernables:
Se lleva el viento aquella inmensa nube.
¿Qué puede, qué no puede hacer contigo?
La duda y el dolor se adueñan de la cuarta parte desde su inicio: "Hoy me duele la duda". Todo encamina al poeta a no querer dejar huella de sí mismo. El poema IV y último de esta serie lo recojo como "poema del mes" en mi Trivium.
Si el paso del tiempo era el tema de partes anteriores, la quinta afirma la permanencia del poeta; "no cambia nada en mí", frente a un mundo circundante en perpetuo cambio. Se retoman versos celebrativos ("Estoy vivo, lo sé, y doy las gracias"), aunque cierto tinte negativo asoma pronto ("Pero el cansancio acude cuando menos lo espero"), ya que hay "muchos días y ninguna respuesta". Pasa el tiempo, concluye el verano, llega septiembre (el mes de la nostalgia) y el libro se cierra con hondas reflexiones:
Ha venido septiembre,
septiembre:
pocas cosas tan ciertas como esta indefensión ante la vida,
como esa luz que a su debido tiempo cumplirá su promesa.
(Muy logradas estas combinaciones métricas, 7+11; 11+7, de los dos últimos versos, y en otros anteriores, que a mí me traen ecos de Cernuda).
Poesía la de Diego Vaya que promete mucho y que da la impresión de que aún puede dar más. En todo caso, se trata ya de una Poesía con mayúsculas. La recomendación de Manolo mereció la pena.

6 aportaciones:

Anónimo dijo...

Hermosos versos. Hermoso comentario, profe. Los poemas son siempre regalos. Besicos. Ana

Antonio Serrano Cueto dijo...

Enjundiosa reseña. Podría gustarme el poemario. Lo buscaré.

TOMÁS dijo...

Comparto tu exégesis, el poemario me gustó más de lo que pensaba. Saludos.
http://tropicodelamancha.blogspot.com

Soboro dijo...

Profe, he leído el poema del mes y, como siempre me pasa, siempre capto ambigüedades.
Es un poema desesperanzado, pero sin el contexto le puedo aplicar diversas interpretaciones.
Por un lado, el no reconocerse en el presente y el sabor amargo me hacen suponer que el poeta no está bien consigo mismo en estos momentos.
Por otro lado, cuando afirma que quiere borrar sus huellas me indica que lo que no le gusta es algo en su pasado.
Por eso no logro entenderlo del todo.
Un beso.

Luardid dijo...

No lo he leído pero lo apuntaré para comprarlo la próxima vez que me entre el mono, ya sabes, ese que de vez en cuando nos da a los lectores patológicos. Con tu reseña he añorado las clases de literatura en la universidad, siempre disfrutaba mucho más de la lectura cuando alguien me la explicaba

Anónimo dijo...

Siento discrepar con la reseña y con los comentarios a la misma. No encuentro en todo el libro ninguna sujeción a métrica alguna, y los ejemplos puestos lo confirman. No creo que el poeta deje constancia en ningún momento de posibilidad de permanencia. Tan claro tiene que todo pasa, incluso él mismo, como que hay eternidad y que se deja entrever en el instante, en esa luz tan querida del poeta.