Cuando comencé mi plan de lecturas este año albergaba ciertas dudas. Yo, que hasta 4º de ESO siempre permito optar entre diferentes lecturas a mis alumnos (el primer derecho de cualquier lector es el derecho a no leer, como nos recuerda Daniel Pennac y ya comentamos aquí), decidí establecer tres lecturas obligadas para todos, una por trimestre: El Conde Lucanor (en edición modernizada), Lazarillo de Tormes y El caballero de Olmedo.
Además, los alumnos debían escoger otra obra por trimestre, bien juvenil, bien un clásico de la literatura española o universal. Adicionalmente, podían hacer lecturas voluntarias y, siempre que obtuviesen al menos un cuatro en la nota global de la evaluación, les sumaba medio punto por cada lectura juvenil realizada y un punto por cada clásico. Tal vez se expliquen mejor así las 371 lecturas alcanzadas durante el curso. Prefiero que mis alumnos lean más y empollen menos. Ya se sabe aquello de examen aprobado, examen olvidado. Pero eso no ocurre con la lectura. Y menos, con los clásicos.
Al principio, algunos se resistieron a leer los clásicos. Poco a poco, el incentivo de la nota fue surtiendo efecto. Y los que comenzaron a leerlos, fueron apreciándolos poco a poco, hasta que se vencieron todas sus reticencias.
Cuando ha llegado el momento de leer El caballero de Olmedo, a los ya acostumbrados a los clásicos les ha gustado mucho la obra. A los demás, algo menos.
Y es que no debemos olvidar que el gusto literario se educa. Si sólo ofrecemos la posibilidad de leer obras menores, fáciles, será muy difícil lograr que se acceda a estas otras piezas magistrales. Pero una vez que se entra en esta lectura, se la trabaja, se le dedica el tiempo necesario, se la entiende, el aprecio sube enormemente.
La metáfora de la piscina es bien sabida: es más fácil aprender a nadar dentro que fuera. Y para lanzarse a la piscina a veces hace falta un empujón.
Este año me tocó empujar. Y muchos han aprendido a nadar.
Y el que aprende a nadar no lo olvida nunca.
.
Además, los alumnos debían escoger otra obra por trimestre, bien juvenil, bien un clásico de la literatura española o universal. Adicionalmente, podían hacer lecturas voluntarias y, siempre que obtuviesen al menos un cuatro en la nota global de la evaluación, les sumaba medio punto por cada lectura juvenil realizada y un punto por cada clásico. Tal vez se expliquen mejor así las 371 lecturas alcanzadas durante el curso. Prefiero que mis alumnos lean más y empollen menos. Ya se sabe aquello de examen aprobado, examen olvidado. Pero eso no ocurre con la lectura. Y menos, con los clásicos.
Al principio, algunos se resistieron a leer los clásicos. Poco a poco, el incentivo de la nota fue surtiendo efecto. Y los que comenzaron a leerlos, fueron apreciándolos poco a poco, hasta que se vencieron todas sus reticencias.
Cuando ha llegado el momento de leer El caballero de Olmedo, a los ya acostumbrados a los clásicos les ha gustado mucho la obra. A los demás, algo menos.
Y es que no debemos olvidar que el gusto literario se educa. Si sólo ofrecemos la posibilidad de leer obras menores, fáciles, será muy difícil lograr que se acceda a estas otras piezas magistrales. Pero una vez que se entra en esta lectura, se la trabaja, se le dedica el tiempo necesario, se la entiende, el aprecio sube enormemente.
La metáfora de la piscina es bien sabida: es más fácil aprender a nadar dentro que fuera. Y para lanzarse a la piscina a veces hace falta un empujón.
Este año me tocó empujar. Y muchos han aprendido a nadar.
Y el que aprende a nadar no lo olvida nunca.
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11 aportaciones:
Pues a seguir empujando que son dos días, pero siempre "palante", nunca para atrás.
Mis más sinceras felicitaciones por tu trabajo.
Sobre el gusto, se educa, pero por favor, no forzar el gusto, que se rompe.
Muy bien, Juanito. Ya sabes que, en cuetiones de lectura, me quito el sombrero.
Felicidades por el trabajo.
Antonio
Tomo nota con tu permiso.
No se le olvida nunca...ni se ahoga.
Una vez más, mi mayor enhorabuena.
Un abrazo, querido profe.
Ubérrima enhorabuena a ambos por la reciente paternidad. El mejor Cela decía que un libro no es tal hasta que no está a disposición de la distinguida clientela y sin reservar el derecho de admisión. Por todo lo demás, ya lo sabes.
Menudo empujón, repito, qué bien lo has hecho.
A ver si se me pega algo... :D
Muchos besos trianeros.
Completamente de acuredo con tu forma de evaluar, además, un buen chapuzón despeja la mente.
Sabrás que estás formando un grupúsculo de gente con bagaje intelectual y preaparación para el pensamiento. Muy peligroso a la hora de acercarse a una urna. Menos mal que son pocos.
Estoy totalmente de acuerdo contigo, Juan Antonio. Hay que perderle un poco el respeto a la gran literatura y atreverse con ella. Es cuestión de empeño, de vencer la resistencia.
En mis años mozos un profesor de literatura me dijo que si era capaz de superar la dificultad de las treinta primeras páginas de "Tiempo de silencio" disfrutaría de una estupenda novela y podría comprobar que no es tan difícil como algunos hacían pensar. Le hice caso. Tanía razón.
Por eso me alegra esa actitud tuya como profesor ante la lectura.
Un saludo, Javier.
Tienen suerte de tener un entrenador literario como tú. Besicos.
Ana
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