Pasear por mi barrio tiene algo de espectáculo, a veces mágico, a veces sobrenatural. Supongo que pasará en muchos otros barrios, escenarios ideales para novelas colectivas, llenas de actores secundarios, fatalistas, heroicos, trágicos o cómicos según el caso.
La ventaja de vivir en un barrio de los de siempre, en mi caso en Nervión, es que en sus calles más antiguas se sigue conservando el ambiente típico de los barrios. En Sevilla hay mucha literatura sobre Triana, pero muy poca sobre el viejo Nervión, ese que abarca desde la avenida de Eduardo Dato a la de Ramón y Cajal. Un barrio donde casi todos nos conocemos, donde la gente se hace querer. Donde el concepto de vecino es algo más que el de alguien que vive en el mismo lugar, sin más.
Además de la gente corriente del barrio, la que saluda con respeto en el trato y sonrisa en los labios, también hay singularidades dignas de ser reseñadas.
Tal vez las más llamativas sean esas hermanas que siempre van por la calle peléandose, rara vez a la par, siempre una adelantada a la otra, que parece huir de ella y sus voces. Los papeles se intercambian cada día y la que ayer soportaba hoy grita. Mantienen desde que tengo uso de razón una titánica lucha fraternal. Por sus voces las conoceréis. Las locas, las llaman.
A las horas más intempestivas suele aparecer por mi barrio un vecino talludito dispuesto a hacer deporte, luciendo con orgullo unos músculos de joven en un cuerpo cincuentenario. Su bigote parece la única parte de su cuerpo dispuesta a envejecer.
Siempre un sobresalto acompaña a la visión de ese otro vecino, idéntico a un familiar mío que ya murió. Para qué habrá vuelto, qué cuentas pendientes me viene a reclamar.
Al atardecer, algunos padres pasean por mi barrio los perros de sus hijos. Es ley de vida: el hijo quiere un perro, el padre acaba sacándolo a paseo. Pero hay un caso muy especial. El padre pasea el perro porque su hijo ya no está. Jugaba al fútbol de pequeño en la plazoleta del barrio y, posteriormente, lo hizo en el Estadio que está cruzando la avenida de Eduado Dato. Aquel chaval con el 16 a la espalda se marchó para siempre, y ahora es su padre el que pasea todas las tardes a Clay, el perro de Antonio Puerta.
Cuando cae la tarde y se acallan los últimos vencejos, el viejo barrio de Nervión se suspende en el tiempo. La soledad de la noche, entonces, nos acompaña.
La ventaja de vivir en un barrio de los de siempre, en mi caso en Nervión, es que en sus calles más antiguas se sigue conservando el ambiente típico de los barrios. En Sevilla hay mucha literatura sobre Triana, pero muy poca sobre el viejo Nervión, ese que abarca desde la avenida de Eduardo Dato a la de Ramón y Cajal. Un barrio donde casi todos nos conocemos, donde la gente se hace querer. Donde el concepto de vecino es algo más que el de alguien que vive en el mismo lugar, sin más.
Además de la gente corriente del barrio, la que saluda con respeto en el trato y sonrisa en los labios, también hay singularidades dignas de ser reseñadas.
Tal vez las más llamativas sean esas hermanas que siempre van por la calle peléandose, rara vez a la par, siempre una adelantada a la otra, que parece huir de ella y sus voces. Los papeles se intercambian cada día y la que ayer soportaba hoy grita. Mantienen desde que tengo uso de razón una titánica lucha fraternal. Por sus voces las conoceréis. Las locas, las llaman.
A las horas más intempestivas suele aparecer por mi barrio un vecino talludito dispuesto a hacer deporte, luciendo con orgullo unos músculos de joven en un cuerpo cincuentenario. Su bigote parece la única parte de su cuerpo dispuesta a envejecer.
Siempre un sobresalto acompaña a la visión de ese otro vecino, idéntico a un familiar mío que ya murió. Para qué habrá vuelto, qué cuentas pendientes me viene a reclamar.
Al atardecer, algunos padres pasean por mi barrio los perros de sus hijos. Es ley de vida: el hijo quiere un perro, el padre acaba sacándolo a paseo. Pero hay un caso muy especial. El padre pasea el perro porque su hijo ya no está. Jugaba al fútbol de pequeño en la plazoleta del barrio y, posteriormente, lo hizo en el Estadio que está cruzando la avenida de Eduado Dato. Aquel chaval con el 16 a la espalda se marchó para siempre, y ahora es su padre el que pasea todas las tardes a Clay, el perro de Antonio Puerta.
Cuando cae la tarde y se acallan los últimos vencejos, el viejo barrio de Nervión se suspende en el tiempo. La soledad de la noche, entonces, nos acompaña.





21 aportaciones:
Bonito homenaje a Puerta, Juan Antonio. Yo viví en Nervión hasta que me casé, en la Gran Plaza, y la galería de personajes es amplísima, recuerdo los limpiabotas en La Ponderosa, y el personal que deambula por Marqués de Pickman.
Por cierto, tengo entendido que la parte vieja de Nervión es la que está entre la Avenida de la Cruzcampo y el Tamarguillo, y aún así no llega a 100 años. La que tú citas, por esa época eran huertas, y alguna mansión aislada que hicieron para el 29, aparte de la Iglesia de la Concepción, que es también de esa época. El espacio que ocupa el estadio era una huerta, mi padre lo recuerda bien.
Un abrazo.
Estamos tristón hoy, ¿eh?
Bueno, pues esta noche voy para allá a deglutir las inmejorables alitas de pollo del Coli. He quedado allí con nuestro socio común y otros más. Cerveza de 'only men' en Nervión.
Muy bonito, Juan Antonio: De la visión general del barrio al interior de los sentimientos. maravilloso el último párrafo.
Por cierto, ya era hora de que dejaran tranquila a la familia Puerta.
Un abrazo
Precioso: me has sacado las lágrimas, cabrón.
Me sumo a tu precioso homenaje. Dentro de dos meses se cumplirán dos años de la desaparición de Antonio.
Se llevó consigo a otras de nuestras vecinas singulares. Mi madre no la ha vuelto a ver ni en misa ni haciendo la compra. El viernes de feria de hace dos años entró en el supermercado entre aplausos, besos y abrazos de sus vecinas. Ahora no se molesta ni en subir sus persianas.
Qué pena da enterrar a un hijo, qué pena.
Es increíble: cuando le pones historia a los anónimos que se cruzan contigo por la calle, se hacen querer.
Precisamente esa era la intención de esta entrada, Jesús, además del homenaje a mis vecinos en general y a Antonio en particular.
Un abrazo
Preciosa descripción de gentes singulares de un barrio muy conocido por mi. Es el barrio de mi abuela y donde vive mi madre, junto a Magisterio y al ambulatorio Doctor Fleming.
Es un lugar de personajes, sin duda. Yo también podría hablar, jeje, de algunas curiosidades antropológicas.
Emotivo el recuerdo a Antonio Puerta y triste triste.
Besos.
¡Bonito homenaje, Profe HG!
A pesar de ser trianera, reconozco que Nervión tiene su encanto.
Un bacetto.
Preciosos recuerdos, yo también viví en la zona, y recuerdo las fábricas de café y hierros en Eduardo dato, y el "campo de las vacas" de Portaceli, un nombre mucho más evocador que el de Buhaira, y ...
En fin, un abrazo
je, es preciosa la descripción. Dan ganas de darse una vueltecita, uff pero me cuesta bajar a Sevilla.
mi territorio son los campos del aljarafe.
Besitos y amor
je
Magnifico y emocionante.
Saludos desde Nervión
Muy sentido maestro, muy sentido.
Yo guardo buenos recuerdos de la Gran Plaza.
Un abrazo.
Qué bonito... Me ha gustado
Besos
Literatura de la buena... ¡maestro!
Medio me crié en Costa de la Luz. Hoy hemos estado en Las Palmas, tomando unos caracoles. El íntimo Nervión de mis veranos. Un abrazo.
En ese Nervión, entre vivir, estudiar y trabajar he pasado veinticinco años. La Cruz del Campo, Portaceli y Divino Redentor, y cada vez que me he ido he vuelto, de una u otra manera. Espero que la próxima sea pronto.
Por cierto, veo algunos amigos por aquí: es como volver a salir de noche, pero sin el ruido de los bares. Aprovecho para abrazaros.
Gracias a todos. La verdad, la entrada la tenía prevista hace tiempo, pero se me hacía difícil hablar de mi vecino Antonio, a quien mis hijas querían tanto, con reciprocidad (por cierto, Mari Tere, una de las comentaristas, es mi hija, que hasta tuvo un blog dedicado a su futbolista y amigo).
José Miguel es cierta esa aclaración que haces sobre la parte más antigua de Nervión. El viejo Nervión en el que vivo es de mediados de los 50. Tanto ha crecido y cambiado después el entorno, que ya esto es el viejo Nervión.
Un abrazo de bienvenida a Humilladero y a Chorla, viejo, auténtico amigo.
Nervion queda casi al lado de El Plantinar, que es el centro geográfico de la galaxia...
Muy emotivo este homenaje, Juan Antonio.
Por cierto, mucha de la gente que conozco vive en Nervión y en Los Remedios (también a las afueras, en Tomares).
Un beso
Siempre que paso por Sevilla me encanta sentarme en La Chicotá a tomarme el aperitivo y recrearme en el paisaje y en la gente.
Gran barrio el de Nervión, sí señor.
un abrazo.
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