Ayer volvimos a vernos, amigos. Veinticinco años más tarde. Difícil resulta encontrar las palabras justas para explicar las emociones vividas y compartidas.
Al final fuimos 180 antiguos compañeros los que nos reunimos, venciendo los 45 grados que marcaron los termómetros a medio día. Charlando, riendo, bebiendo, bailando.
Miento si digo que lo de ayer fue volver veinticinco años atrás en el tiempo. Porque en 1984 cada uno tenía sus grupos, sus afinidades, sus preferencias y también sus fobias, sus rencillas, sus encontronazos. Pero el tiempo es sabio, muy sabio. Ayer no hubo grupos, no hubo preferencias. Todos íbamos de corrillo en corrillo charlando con unos y con otros con una intimidad propia de las grandes amistades. Podíamos pensar que la ingesta etílica, tan dada a la exaltación de la amistad, tuvo parte de culpa, pero no fue así: desde los primeros abrazos a las 11:45, cuando nos encontramos, ya se percibía que el de ayer iba a ser un día muy especial. Y vaya si lo fue.
Personalmente -y muchos otros me corroboraron lo mismo- hablé ayer más tiempo con algunos de lo que lo hice en mis siete años de estancia en el colegio. Ayer se impuso la nobleza, el corazón abierto, la amabilidad, la grandeza. Lo de ayer se pareció mucho a la felicidad.
Fue una alegría también comprobar lo generoso que ha sido el paso de los años con muchos... y con muchas. Nuestras niñas de entonces (y de siempre), veinticinco años más tarde, estaban más radiantes que nunca. Espectaculares. Sorprendentes en algunos casos, y para bien (ciertos rumores ensalzaban a media tarde las maravillas de la cirugía; con los minutos se impuso la convicción de que todo se debía a la belleza natural, que a nuestros torpes diecisiete años no habíamos sabido descubrir o apreciar; tampoco hay que obviar que las modas hace un cuarto de siglo nos lo ponían bastante difícil...).
Alguno que otro se lamentaba durante unos segundos de que aquella chica, a la que tanto quiso sin atreverse nunca a confesárselo, no se acordara apenas de él, mientras aquella otra lo miraba de reojo, intentando reconocer en él los rasgos que la llevaron a enamorarse -por decirlo de alguna manera- tantos años antes.
Cada tres pasos te encontrabas un nuevo grupo que se abría para acogerte, compartir unos minutos, disgregarse y formar rápidamente nuevos grupos. Junto a la fuente de arroz; alrededor de la barra (sobre todo allí, claro), en las esquinas del salón -donde mejor se apreciaba el siempre escaso aire acondicionado- o incluso en los servicios: cualquier ocasión era buena para una broma, una confidencia, un abrazo. Para hablar de lo divino y, sobre todo, de lo humano. De lo más serio a lo más intranscendente. Y para sentir. Sobre todo para sentir.
No es hoy día para dar nombres. Es sólo día para dar las gracias a todos y cada uno de los allí presentes por sacar lo mejor de sí mismos. Todos teníamos la certeza de que el de ayer iba a ser un gran día, pero la realidad superó todas las expectativas.
No sé cuánto ha de pasar para que volvamos a vernos. La euforia pide continuidad y el sentido común exige prudencia. Pero debemos ser conscientes de que en esta vida las alegrías hay que buscarlas, hay que forjárselas a pulso (las desgracias, ay, vienen ellas solitas). Y por eso sé que, cuando decidamos reencontrarnos, allí volveré a estar.
Muchas gracias a todos, compañeros, amigos. De corazón.
.P.S: Aquí, unas cuantas fotos del evento, gentileza del ABC de Sevilla. No estoy yo, pero nadie es perfecto. Qué bien se os ve...