domingo 5 de julio de 2009

De Sevilla a Venecia

El viernes, sin apenas movernos, viajamos de Sevilla a Venecia, con motivo de la presentación del libro de Ana Alcolea, Bajo el león de San Marcos.
Entre los asistentes (a pesar del calor disuasorio), algunos amigos de este blog: José María Jurado, Julio Ariza (con su mujer, Maribel), Rafael Lucena, Esperanza, Terita, Enrique Martín; también acudió mi compañera Manuela. Por supuesto, estuvieron Elena, mi mujer, e Isabel, mi hija mayor (que algo contó aquí ayer). Fue una alegria ver allí a José Tomás Retamero, que fue quien me puso en contacto con la obra y la persona de Ana y que, como ella luego recordó en su intervención, tanto había hecho para que el libro pudiese publicarse. Como siempre, fue un placer escuhar a Ana hablar de la génesis de su libro.
Me gustaría ilustrar esta entrada con algunas fotos, pero Terita aún no me ha mandado las que me prometió y Esperanza, en contra de su costumbre, no llevaba su inseparable cámara (o, al menos, yo no la vi; tal vez necesitaba las manos libres para el cojín...).
Tras la presentación, nos marchamos al restaurante Casablanca, donde su dueño, Tomás (más conocido, nadie sabe muy por qué, como Kiki) nos preparó una mesa (oh, milagro) y un tapeo a la altura de la casa, es decir, estupendo. Acabada la cena a la sevillana, nos tomamos una copa a la italiana, en la Piazza Martini del Hotel Alfonso XIII, donde la infinita tranquilidad de la camarera hizo que tuviésemos mucho tiempo para charlar pausadamente.
Cerca ya de las tres de la mañana Elena y yo acompañamos a Ana hasta su hotel, disfrutando de un paseo por el centro de Sevilla, el cielo oscuro, las calles de dorado nocturno y la Giralda por testigo.
Gracias a Ana por pensar en mí para su presentación. Gracias a todos los que pudisteis acudir. Fue una velada memorable.
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jueves 2 de julio de 2009

Bajo el león de San Marcos

Mañana viernes, a las 20:00 en el FNAC, presento en Sevilla la última novela de Ana Alcolea, Bajo el león de San Marcos (Algaida). Lo aviso hoy para que a los que estéis por aquí cerca os dé tiempo a organizar vuestra agenda para acudir a la cita.
Ana, a la que conozco desde hace años, se ha dedicado hasta la fecha a la literatura juvenil, con tres novelas: El medallón perdido, El retrato de Carlota y Donde aprenden a volar las gaviotas (las tres en la colección "Espacio abierto" de Anaya), que mis alumnos año tras año, han devorado con pasión.
Cuando Ana acudió este año a mi instituto para hablarnos de sus historias, me invitó a presentar su nueva novela, la primera para público adulto. No sé si sabía dónde se metía, porque en mi vida me he visto en tal aprieto, pero haremos lo que se pueda.
El libro ya ha sido presentado en Madrid y Zaragoza, con Fernando Marías y Mauricio Wiesenthal, respectivamente, como maestros de ceremonias. Procuraré no desmerecer en demasía, pero difícil me lo han puesto.
Lo dicho: si tenéis la oportunidad, espero veros por allí. Ana se lo merece.


En la imagen, Ana Alcolea durante la presentación de su libro en Zaragoza. La fotografía procede del blog de José Antonio Melendo.


miércoles 1 de julio de 2009

Perogrullo, pero menos

Si los poetas vanguardistas leyeran más poesía de vanguardia, habría menos poesía vanguardista.
Y mejor.

martes 30 de junio de 2009

El soneto de la pulga

Volvamos a Lope de Vega. Volvamos a sus Rimas del licenciado Tomé de Burguillos.
El licenciado es un apócrifo creado por Lope a sus setenta años de edad. Se trata de un libro pleno de aciertos humorísticos y de no menos aciertos en su vertiente más seria.
Por el estilo mordaz e irónico del Licenciado, Lope se acuerda de un soneto, escrito con anterioridad, titulado "A una pulga", que circulaba en pliegos sueltos con la firma del madrileño. Comoquiera que había que continuar la ficción de que el nuevo libro era obra de Tomé de Burguillos, no podía sin más recuperar el texto, por lo que hubo de acompañarlo de un título muy significativo: La pulga falsamente atribuida a Lope.
Hecho el artificio, "coló" Lope el soneto en el libro apócrifo. Por lo demás, el soneto parte de lo anecdótico para alzar su vuelo, en una línea muy frecuente en Lope y en otros grandes poetas del siglo de Oro. Me gusta especialmente ese artificio tan barroco de desplegar imágenes deslumbrantes para referirse a seres diminutos, casi despreciables. Una falta de decoro que muchos contemporáneos no llevaban nada bien pero que a mí, qué le vamos a hacer, me gusta.
Aquí va el soneto, que ya está bien de preámbulos:

LA PULGA FALSAMENTE ATRIBUIDA A LOPE

Picó atrevido un átomo viviente

los blancos pechos de Leonor hermosa,
granate en perlas, arador en rosa,

breve lunar del invisible diente.
Ella dos puntas de marfil luciente,
con súbita inquietud bañó quejosa,

y torciendo su vida bulliciosa,

en un castigo dos venganzas siente.

Al expirar la pulga, dijo: “¡Ay, triste,

por tan pequeño mal dolor tan fuerte!”

“¡Oh pulga!”, dije yo, “dichosa fuiste!

Detén el alma, y a Leonor advierte

que me deje picar donde estuviste,
y trocaré mi vida con tu muerte”.
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lunes 29 de junio de 2009

Galeradas

Aunque ya no existen galeras en las imprentas actuales, aún a las pruebas de impresión se les llaman "galeradas". El término, que evoca por igual esperanzas y tormentos, sigue ajustándose a la realidad, al menos metafóricamente: esperanzas de ver pronto el libro impreso; tormentos por los errores que, de no ser corregidos ahora, están condenados a perpetuarse.
Por este motivo, he echado mano de dos amigos implacables: Diego Vaya, de SIM Libros (de cuyo accésit al premio Adonais 2007 hablé aquí) y Julio Ariza, que tiene todos sus ojos hechos a la labor de corrector, con los cientos de maquetas que hemos tenido que revisar juntos.
Los plazos se van cumpliendo. Siltolá se divisa ya.

domingo 28 de junio de 2009

De ayer a hoy

Quizás fueron aquellos los días más felices
de mi vida. El futuro parecía lejano
y sobre todo largo. Por eso no pensábamos
en el tiempo pasado, que casi no existía
y sólo pretendíamos vivir cada minuto.
Era verano y nunca se agotaban los días.
Las mañanas alegres, tomando algún café
ya casi a mediodía, con las horas cambiadas.
Luego la playa, siempre sugerente y eterna
buscando los lugares estratégicos
para ver y vivir.
Y así cada momento, dejándonos llevar,
apurando las horas de aquellos breves baños
y aquellas lentas copas que duraban
hasta ponerse el sol, mientras mirábamos
a las chicas tardías mucho más que al crepúsculo.
Siempre tarde la cena en aquel restaurante
que pocos frecuentaban, donde nos conocían
por nuestros nombres. Era la noche aún muy joven
y entre charlas y risas el mundo nos bebíamos.
Surgía ante nosotros la vida que empezaba
a mostrarnos entonces sus mitos y promesas.
Y así día tras día, ignorantes
de la amarga tristeza que luego, inevitable,
habría de llegar.

Ahora aquellos días recordados
tras haber conocido el tiempo y sus renuncias
nos hieren levemente el corazón.
Si me miro al espejo me devuelve la imagen
de lo que sin pudor habríamos llamado
entonces un señor.
¿Qué nos queda de aquello? ¿Qué nos ha deparado
este camino incierto hacia la nada?

Fueron días alegres, pero ahora
al sentirlos ajenos y distantes
me embarga la certeza de que aquellos
son los días más tristes de mi vida.
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sábado 27 de junio de 2009

Un haiku, con perdón

En efecto, hay que tener valor, con la que está cayendo. Teniendo en cuenta que comparto mucho de lo allí expuesto, no porque haya malos haikus vamos a negar la belleza de los buenos (que son pocos). Tal vez suene pretencioso: no es mi intención, porque creo que todo poeta que se precie se mueve siempre en la inseguridad.
Pero el blog, ya lo dijo Enrique Baltanás, también es un taller, o una trastienda donde se exponen piezas tal vez sin concluir, para recibir el beneplácito o la condena. La luz o el silencio.
Y como quiera que ayer el cielo estaba picoteado de nubes, y yo no paro de mirar, saltó una rana, quiero decir, Basho me susuró, a través de las nubes:

Nubes dispersas.
El cielo esta mañana
cuenta mi historia.
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Abran fuego, señores.
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viernes 26 de junio de 2009

Nadar, leer.

Cuando comencé mi plan de lecturas este año albergaba ciertas dudas. Yo, que hasta 4º de ESO siempre permito optar entre diferentes lecturas a mis alumnos (el primer derecho de cualquier lector es el derecho a no leer, como nos recuerda Daniel Pennac y ya comentamos aquí), decidí establecer tres lecturas obligadas para todos, una por trimestre: El Conde Lucanor (en edición modernizada), Lazarillo de Tormes y El caballero de Olmedo.
Además, los alumnos debían escoger otra obra por trimestre, bien juvenil, bien un clásico de la literatura española o universal. Adicionalmente, podían hacer lecturas voluntarias y, siempre que obtuviesen al menos un cuatro en la nota global de la evaluación, les sumaba medio punto por cada lectura juvenil realizada y un punto por cada clásico. Tal vez se expliquen mejor así las 371 lecturas alcanzadas durante el curso. Prefiero que mis alumnos lean más y empollen menos. Ya se sabe aquello de examen aprobado, examen olvidado. Pero eso no ocurre con la lectura. Y menos, con los clásicos.
Al principio, algunos se resistieron a leer los clásicos. Poco a poco, el incentivo de la nota fue surtiendo efecto. Y los que comenzaron a leerlos, fueron apreciándolos poco a poco, hasta que se vencieron todas sus reticencias.
Cuando ha llegado el momento de leer El caballero de Olmedo, a los ya acostumbrados a los clásicos les ha gustado mucho la obra. A los demás, algo menos.
Y es que no debemos olvidar que el gusto literario se educa. Si sólo ofrecemos la posibilidad de leer obras menores, fáciles, será muy difícil lograr que se acceda a estas otras piezas magistrales. Pero una vez que se entra en esta lectura, se la trabaja, se le dedica el tiempo necesario, se la entiende, el aprecio sube enormemente.
La metáfora de la piscina es bien sabida: es más fácil aprender a nadar dentro que fuera. Y para lanzarse a la piscina a veces hace falta un empujón.
Este año me tocó empujar. Y muchos han aprendido a nadar.
Y el que aprende a nadar no lo olvida nunca.
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jueves 25 de junio de 2009

Libro de estilo

Ayer por la tarde se presentó, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander, el Libro de estilo de la Cámara de Cuentas de Andalucía. Julio Ariza y yo somos sus autores.
Nuestra relación con la Cámara de Cuentas comenzó hace un par de años cuando su Consejero Mayor, don Rafael Navas Vázquez, preocupado por la dudosa calidad lingüística de los documentos que salían de la Cámara de Cuentas, nos contrató para darles a los redactores de la institución (economistas y abogados en su inmensa mayoría) un curso con el que desterrar las prácticas erróneas en la redacción de textos administrativos.
Tras muchas horas leyendo documentos de la Cámara, elaboramos una relación de los errores más usuales y procedimos a impartir los cursos, con más que notable éxito de audiencia, quizás a pesar de las expectativas. Guardamos Julio y yo una gratísima impresión de aquellos cursos. Se demostró, una vez más, que la Lengua española nos interesa, y mucho, a sus usuarios. Y que todos tenemos deseos por mejorar en este aspecto.
La cosa no quedó ahí, sino que don Rafael Navas nos invitó a elaborar un manual de estilo para la Cámara y a ello nos pusimos. El resultado ha sido este libro que ayer se presentó, editado por Aranzadi y del que, al parecer, ya se está preparando una segunda edición.
Vaya desde aquí mi más sincero agradecimiento a la Cámara de Cuentas y, muy especialmente, a nuestro más admirado colaborador en aquellos lares, don Enrique González Pol, con quien siempre da gusto hablar. Aunque sea de balances y auditorías.
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miércoles 24 de junio de 2009

371

Ese es el número de libros que se han leído mis 39 alumnos de Bachillerato de este curso. De esos 371, 256 han sido clásicos de la literatura española y universal.
Si descontamos los alumnos que abandonaron (pocos, muy pocos) antes de finalizar el curso, sale una media de casi diez libros por cabeza. Sólo tenían la obligación de leer seis. Hay quien se ha leído 15, 16, 17... y hasta 21 libros, mi alumna Inma S.R., para quien va ahora mi aplauso más emocionado. A sus 17 años, se ha leído ya varias obras de Lope, Calderón, Quevedo, Shakespeare, Molière, Tirso o Fernando de Rojas, entre otros.
Tiempo habrá en los próximos días para dar más detalles. Hoy, toda mi admiración para ella.
Enhorabuena, Inma.
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martes 23 de junio de 2009

Cumpleaños

Hoy es día de cumpleaños.

Mi hija mayor, Isabel, cumple hoy sus quince. Y mi hija pequeña, Elena, cinco.
Ambas nacieron el mismo día (gemelas de día, se llaman entre sí) con diez años de diferencia.
Aún recuerdo el 23 de junio de hace cinco años, en el que me tuve que repartir entre el hospital, donde estaban mi mujer con la pequeña, y mi casa, donde la mayor celebraba su fiesta de cumpleaños.
Isabel fundó hace ahora un año su blog, que tiene bastante abandonadito por sus estudios. Bien está, que primero siempre será la obligación. Como regalo, en lugar de comprarle los libros que me ha pedido, me iré con ella a una librería y veremos qué es lo que cae. Me temo que tendrá que ser mañana, porque esta tarde -una vez partamos la tarta conjunta- ya la tiene completa con sus amigas. Ley de vida.
Elena llega a sus primeros cinco años de vida. A veces le pido que no cumpla más y ella me mira con gesto contrariado, porque quiere ser ya como las mayores. También, ay, ley de vida.
Cuando los hijos cumplen años los padres nos hacemos un poco más viejos.
Y también somos más felices, claro.
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lunes 22 de junio de 2009

Así tenía que ser

Entre los asistentes a las bodas de plata de mi promoción del Colegio Portaceli, hubo una ausencia, para mí, muy especial. Faltó una de las niñas (así las llamábamos entonces, así las llamaremos siempre), aquella de la que, de alguna manera, me enamoré a mis diecisiete años.
Yo, que aún creo en la Literatura, sé que ha ocurrido así para que se cumpliera lo que escribí aquí hace ya bastante tiempo. Por supuesto, la historia no fue del todo así; los nombres fueron otros y algunos detalles están convenientemente modificados, faltaría más. Pero el final, veinticinco años más tarde, sigue siendo el mismo.
Estaba escrito.
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domingo 21 de junio de 2009

Gracias

Ayer volvimos a vernos, amigos. Veinticinco años más tarde. Difícil resulta encontrar las palabras justas para explicar las emociones vividas y compartidas.
Al final fuimos 180 antiguos compañeros los que nos reunimos, venciendo los 45 grados que marcaron los termómetros a medio día. Charlando, riendo, bebiendo, bailando.
Miento si digo que lo de ayer fue volver veinticinco años atrás en el tiempo. Porque en 1984 cada uno tenía sus grupos, sus afinidades, sus preferencias y también sus fobias, sus rencillas, sus encontronazos. Pero el tiempo es sabio, muy sabio. Ayer no hubo grupos, no hubo preferencias. Todos íbamos de corrillo en corrillo charlando con unos y con otros con una intimidad propia de las grandes amistades. Podíamos pensar que la ingesta etílica, tan dada a la exaltación de la amistad, tuvo parte de culpa, pero no fue así: desde los primeros abrazos a las 11:45, cuando nos encontramos, ya se percibía que el de ayer iba a ser un día muy especial. Y vaya si lo fue.
Personalmente -y muchos otros me corroboraron lo mismo- hablé ayer más tiempo con algunos de lo que lo hice en mis siete años de estancia en el colegio. Ayer se impuso la nobleza, el corazón abierto, la amabilidad, la grandeza. Lo de ayer se pareció mucho a la felicidad.
Fue una alegría también comprobar lo generoso que ha sido el paso de los años con muchos... y con muchas. Nuestras niñas de entonces (y de siempre), veinticinco años más tarde, estaban más radiantes que nunca. Espectaculares. Sorprendentes en algunos casos, y para bien (ciertos rumores ensalzaban a media tarde las maravillas de la cirugía; con los minutos se impuso la convicción de que todo se debía a la belleza natural, que a nuestros torpes diecisiete años no habíamos sabido descubrir o apreciar; tampoco hay que obviar que las modas hace un cuarto de siglo nos lo ponían bastante difícil...).
Alguno que otro se lamentaba durante unos segundos de que aquella chica, a la que tanto quiso sin atreverse nunca a confesárselo, no se acordara apenas de él, mientras aquella otra lo miraba de reojo, intentando reconocer en él los rasgos que la llevaron a enamorarse -por decirlo de alguna manera- tantos años antes.
Cada tres pasos te encontrabas un nuevo grupo que se abría para acogerte, compartir unos minutos, disgregarse y formar rápidamente nuevos grupos. Junto a la fuente de arroz; alrededor de la barra (sobre todo allí, claro), en las esquinas del salón -donde mejor se apreciaba el siempre escaso aire acondicionado- o incluso en los servicios: cualquier ocasión era buena para una broma, una confidencia, un abrazo. Para hablar de lo divino y, sobre todo, de lo humano. De lo más serio a lo más intranscendente. Y para sentir. Sobre todo para sentir.
No es hoy día para dar nombres. Es sólo día para dar las gracias a todos y cada uno de los allí presentes por sacar lo mejor de sí mismos. Todos teníamos la certeza de que el de ayer iba a ser un gran día, pero la realidad superó todas las expectativas.
No sé cuánto ha de pasar para que volvamos a vernos. La euforia pide continuidad y el sentido común exige prudencia. Pero debemos ser conscientes de que en esta vida las alegrías hay que buscarlas, hay que forjárselas a pulso (las desgracias, ay, vienen ellas solitas). Y por eso sé que, cuando decidamos reencontrarnos, allí volveré a estar.
Muchas gracias a todos, compañeros, amigos. De corazón.
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P.S: Aquí, unas cuantas fotos del evento, gentileza del ABC de Sevilla. No estoy yo, pero nadie es perfecto. Qué bien se os ve...

viernes 19 de junio de 2009

Mañana

Mañana muchos tendremos veinticinco años menos. Volveremos a vernos las caras más de ciento setenta antiguos compañeros que pasamos por la aulas del colegio Portaceli. Algunos vivieron allí los doce años del paso de su infancia a la juventud. Otros nos incorporamos más tarde (en mi caso, entré en sexto EGB) y las niñas directamente en COU, pues hasta el añorado 3º de BUP el colegio no era mixto.
Mañana volveremos a vernos. Echaremos de menos aquellos que murieron (Pablo Chávez y Paco Díaz López) y a los que, por motivos de trabajo, no habrán podido acercarse. También nos acordaremos de los maestros y profesores que ya no están y compartiremos algunas horas con los que hayan podido acercarse a acompañarnos, para ver en qué nos hemos convertido, veinticinco años después. Nosotros con la esperanza de no haberlos defraudado del todo; ellos, con la ilusión de ver los frutos lejanos de su labor. Será también un día, pues, para el agradecimiento.
Un día para restarles años a la vida. Aquellos que éramos inseparables entonces, que compartíamos aulas mañana y tarde, que nos demorábamos tras las clases entre charlas adolescentes acompañadas por nuestras primeras copas, volveremos a vernos. Entonces el tiempo era largo y el futuro no existía. Nos creíamos que siempre íbamos a estar juntos, que nada podría separarnos.
Después llegó la Universidad, el trabajo, los nuevos amigos, los amores y cada uno comenzó a labrarse su propio camino, su nueva vida. Muchos no nos hemos vuelto a ver desde entonces, tal vez con la sola excepción del herioco partido de fútbol de hace quince días.
Mañana tendremos la ocasión de ponernos al día, de recordar lo que fuimos, de intentar explicar lo que somos, si eso es posible. Esperemos salir indemnes de la tarea.
Nos vemos mañana, compañeros, amigos.
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jueves 18 de junio de 2009

Vecinos de Nervión

Pasear por mi barrio tiene algo de espectáculo, a veces mágico, a veces sobrenatural. Supongo que pasará en muchos otros barrios, escenarios ideales para novelas colectivas, llenas de actores secundarios, fatalistas, heroicos, trágicos o cómicos según el caso.
La ventaja de vivir en un barrio de los de siempre, en mi caso en Nervión, es que en sus calles más antiguas se sigue conservando el ambiente típico de los barrios. En Sevilla hay mucha literatura sobre Triana, pero muy poca sobre el viejo Nervión, ese que abarca desde la avenida de Eduardo Dato a la de Ramón y Cajal. Un barrio donde casi todos nos conocemos, donde la gente se hace querer. Donde el concepto de vecino es algo más que el de alguien que vive en el mismo lugar, sin más.
Además de la gente corriente del barrio, la que saluda con respeto en el trato y sonrisa en los labios, también hay singularidades dignas de ser reseñadas.
Tal vez las más llamativas sean esas hermanas que siempre van por la calle peléandose, rara vez a la par, siempre una adelantada a la otra, que parece huir de ella y sus voces. Los papeles se intercambian cada día y la que ayer soportaba hoy grita. Mantienen desde que tengo uso de razón una titánica lucha fraternal. Por sus voces las conoceréis. Las locas, las llaman.
A las horas más intempestivas suele aparecer por mi barrio un vecino talludito dispuesto a hacer deporte, luciendo con orgullo unos músculos de joven en un cuerpo cincuentenario. Su bigote parece la única parte de su cuerpo dispuesta a envejecer.
Siempre un sobresalto acompaña a la visión de ese otro vecino, idéntico a un familiar mío que ya murió. Para qué habrá vuelto, qué cuentas pendientes me viene a reclamar.
Al atardecer, algunos padres pasean por mi barrio los perros de sus hijos. Es ley de vida: el hijo quiere un perro, el padre acaba sacándolo a paseo. Pero hay un caso muy especial. El padre pasea el perro porque su hijo ya no está. Jugaba al fútbol de pequeño en la plazoleta del barrio y, posteriormente, lo hizo en el Estadio que está cruzando la avenida de Eduado Dato. Aquel chaval con el 16 a la espalda se marchó para siempre, y ahora es su padre el que pasea todas las tardes a Clay, el perro de Antonio Puerta.
Cuando cae la tarde y se acallan los últimos vencejos, el viejo barrio de Nervión se suspende en el tiempo. La soledad de la noche, entonces, nos acompaña.