Recupero hoy el relato que más éxito de comentarios tuvo en mi extinto Blog Trivium, dedicado íntegramente a estos menesteres narrativos. Es un poco más largo de lo habitual, pero como se avecina el fin de semana, espero que encontréis un momento para leerlo. Allá va, como el caballo de copas, que diría el clásico.
Hace meses comencé a escribir mi primer blog. Publicaba esporádicamente y esporádicamente me divertía. Un día decidí dedicarme más en serio a ello y empecé a publicar asiduamente, a entrar en otros blogs, a dejar comentarios e invitaciones. Mercadotecnia bloguera. Mis visitas aumentaron y conseguí algunos lectores fieles. Una docena, si acaso. Dado el contenido de mi blog (literatura, lecturas, la cosa educativa), podía darme por satisfecho: la minoría siempre.
Pero a veces sentía envidia de esos blogs con cientos de visitas; en muchos de ellos se repetían las mismas constantes: blog femenino, entradas cortas, frases que jugaban con diversas tipografías, colores y tamaños; algunas fotos de calendario, una suma de obviedades y, muy de vez en cuando, un pensamiento brillante. Sabía que mi blog no llegaría nunca a eso, ni lo pretendía, pero pudo más mi ego que mi prudencia y me lancé al reto: me convertiría en mujer bloguera; comenzaría mi nueva actividad con una nueva cuenta de blogger; elegiría un diseño almibarado sobre fondo negro, para que los colorines resaltasen bien y me lanzaría a escribir breves pensamientos amorosos o existenciales en zapatillas bajo fotos de mares bravíos, acantilados en el ocaso, torsos desnudos.
Dicho y hecho: post cortos y bien decorados, grandes dosis de azúcar y meditadas gotas de amargura, un tono erótico insinuado: ingredientes fáciles que me llevaron a conseguir un blog muy popular, en el que diariamente recibía más de un centenar de visitas y los comentarios se contaban de cincuenta en cincuenta.
Yo era yo, y también era ella. Mientras mis más profundas reflexiones quedaban para un público reducido, ella se adueñaba de una audiencia entregada a su dulzura y facilidad. Me pregunté adónde me dirigía y no hallé respuesta, pero la inercia me empujaba a seguir: ella podía más que yo.
Pero yo no quería ser ella. Mejor ser otro yo, aquel que siempre quise ser y que la realidad me negó. El que hablaba cuando yo callaba, el que siempre pronunciaba aquella frase brillante que a mí se me ocurría minutos después, cuando la oportunidad había pasado, el que triunfaba fuera cuando yo fracasaba dentro. Así que me decidí a crear mi tercer blog, aquel en el que la realidad se adaptaría a mis deseos, en el que -con una nueva identidad de blogger- contaría lo que me viniese en gana, sin censuras, sin necesidad de reprimir absolutamente nada.
Yo era yo, y también ella, y también otro yo. Diariamente pasaba horas y horas entrando y saliendo de mis blogs, cambiando de identidad y dejando mensajes con cada una de ellas, con el suficiente tiempo de diferencia como para que no se notara el engaño. Así que, siendo yo, hacía una ronda completa por los blogs que me gustaban y, pasadas unas horas, repetía el recorrido, ahora como ella (que visitaba más páginas, porque debía mantener y aumentar la audiencia ganada). Por la noche, otro yo entraba en acción, y dejaba comentarios irónicos, fanfarronadas, exabruptos, majaderías y provocaciones por aquí y por allá.
Incluso siendo yo entraba en el blog de ella para comentar, y luego en el de otro yo. Y otro yo nos visitaba a mí y a ella, y nos dejaba simpáticos mensajes. Más tarde ella visitaba mi blog, y decía "oh, qué hermoso, me gustó". Y luego recorría el blog de otro yo, "tengo un regalo para ti, pásate a recogerlo".
Yo no quise nunca entrar en la dinámica de premios y memes, pero ella y otro yo se agasajaban continuamente; respetaban mi voluntad de no querer entrar en el juego, pero comencé a sentirme celoso. Si me dan un premio lo rechazaré elegantemente, pero al menos que se acuerden de mí. Nada. Ni una sola vez. Ellos con más audiencia cada vez, cómo iban a acordarse de mi modesto blog, que ni contaba historias eróticas ni apenas publicaba fotos, y en el que todas las letras tenían el mismo tamaño. Como si en eso radicase la calidad. Maldito diseño. Qué se habrán creído.
En un arrebato de ira, borré las cuentas de ella y otro yo. Sus blogs quedarían en punto muerto para siempre: su virtualidad era una patraña; eran un engaño y yo su creador, el que disponía a mi antojo de sus blogs, de sus vidas. Yo tenía que vencer.
A la mañana siguiente, liberado de ella y otro yo, entré en mi blog a dejar un breve poema nostálgico. El día iba a ser complicado en el trabajo, así que madrugué para escribir. En efecto, estuve muy atareado, de manera que hasta la noche no pude volver al blog.
Cuando leí los comentarios, un pasmo nada virtual me sacudió. "Qué hermoso y qué triste", había dicho ella. "Has estado sembrado hoy, traidor", había dicho otro yo.
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